Ángeles Ruiz de Velasco Gálvez y Javier Abad Molina (2021)

Foto: Javier Abad y Escuela Infantil Zaleo (Vallecas, Madrid).

Jugar es, ante todo, una manifestación de la calidad de vida de la infancia. Si el juego tiene más valor y una mayor presencia en las aulas de Educación Infantil será porque hemos tomado buenas decisiones que no solo afectan y transforman el hecho pedagógico, sino también el político, cultural y social.

La lúdica del encuentro

                        “Jugábamos nada más, pero jugábamos”. (Albert Sánchez Piñol).

Jugar expresa el “yo” más verdadero pues presenta nuestra mejor versión en comunidad. Así, jugamos dos veces un mismo juego: el que se piensa y anticipa en el deseo y el que se convive en el encuentro. El juego es polisémico y jugamos también al decir el mundo en un relato común: mil veces y mil voces para nombrarlo y compartirlo a través de la vida lúdica con otros que juegan también. Pertenecemos pues al juego y tenemos conciencia de jugar en la gratitud de lo sencillo y bello. Y también en el sentido del humor, las relaciones sociales y las prácticas culturales que nos permiten reinventar las formas y evadir las normas.

El encantamiento del juego, como el arte, sucede. A veces sin palabras y tan solo desde la convocatoria del “instinto de juego” que nos atrae sin remedio. Siempre disponibles para jugar y ensayar la ludicidad de lo aparentemente espontáneo e imprevisible que solo se comprende y explica jugando. Así, el juego es repetición en la diferencia que diversifica lo habitual e impide la rutina. El juego nos rescata y en su territorio privilegiado somos partícipes de la misma metáfora que nos trae y lleva en ese vaivén lúdico que confunde el jugar y el Ser.

 “Solo los dioses juegan”

En algunas culturas orientales los dioses no crean, sino que “juegan a crear” pues el juego es comprendido como un atributo de la perfección. Es decir, el que nada necesita en la vida infinita se recrea en elsiempre, sin un tiempo y un espacio definidos. El juego es la representación del en-si-mismocon-otro y de todos los pronombres posibles en el aquí y el ahora porque, cuando se juega, no existe la conciencia de fronteras, jerarquías o biografías separadas. Jugamos a ser singulares y, al mismo tiempo, ser plurales en diferentes yoes convocados por una llamada interior y esencia de la lúdica: lo que es y está permanentemente inacabado y siempre en proceso, un sin-fin o sin finalidad aparente en bucle continuo. Por eso, el “estado de juego” es expresión de un privilegio al que solo acceden quienes se abandonan a la lúdica sin esperar nada a cambio, ya sean niños o adultos que comparten esa patria común que es origen de la humanidad.

El juego es, más allá de una estrategia evolutiva de la especie humana, un ritual de iniciación a la vida que se manifiesta para la construcción del vínculo cultural y el sentido de pertenencia a un mismo colectivo lúdico. Jugar es, por todo ello, una opción política y relacional (abandonamos a los dioses y nos aproximamos a los humanos), asociada históricamente a una idea de esparcimiento, ociosidad y “pérdida de tiempo” de lo que es realmente importante o serio y que tiene un gran desinterés por la eficacia y productividad. Abandonarse a la vida lúdica parece que no está justificado en una sociedad altamente pre-ocupada en la optimización y la rentabilidad que solo acepta el juego como un descanso entre trabajo y trabajo. No es, por tanto, un valor en alza, pues se interpreta como algo gratuito que no debe distraer del “negocio” (la negación del ocio). Y si quizás se aprecia también en los ámbitos académicos, no es desde el reconocimiento del instinto lúdico del play que normaliza y asume el error como posibilidad creadora, sino desde la competitividad del game como espejo de un modelo social vigente.

Y, peor aún, ese prejuicio social que desvaloriza el juego como manifestación saludable de la inteligencia y que no necesita de nada más que su propio deseo, se traslada y reproduce en la escuela por una presión exterior y porque se sigue prefiriendo las certezas que nos visten a las incertidumbres que nos desnudan. Como expresó Bruno Bettelheim: “el mundo lúdico de la infancia es tan real e importante como para el adulto el mundo del trabajo. Debemos concederle pues, la misma dignidad”, idea que debería estar presente en la entrada de las escuelas infantiles para su reflexión y el recordatorio de toda la comunidad educativa. El juego se realiza entonces con “perfecta seriedad” como dijo Johan Huizinga y gana quien juega pues solo existe el fracaso cuando se prescinde del apasionamiento. Y, paradójicamente, solo tenemos conciencia de jugar cuando hemos dejado de hacerlo por alguna razón que no le permite fluir. Es entonces cuando se aprecia más en su ausencia y menos en su presencia (como el agua o el aire que son gratuitos, pero de su existencia dependen nuestras vidas). Así, no sabemos que jugamos en la entrega absoluta al juego como la niña y el niño no son conscientes del aprendizaje cuando éste se realiza desde su más pura necesidad, como si fuera la respiración o el latido que olvidamos de escuchar o sentir, pero permanecen en su ritmo y alternancia sin apenas darnos cuenta.

Así, el juego está íntimamente relacionado con la conciencia de desvelar quienes-somos-con-otros y el juego de Ser, sin que el pensamiento lógico opere mediante coordenadas exactas. Como pista fiable, somos con quién jugamos y donde jugamos en aquellos lugares reales e imaginarios a los que pertenecemos y que nuestra memoria lúdica rehace sus trazas una y otra vez, aunque el tiempo se deposite en sus huellas como hace la nieve que borra los caminos en invierno. Somos pues habitantes nómadas de esa matriz originaria que es el “espíritu lúdico de la infancia” al que siempre regresamos ya siendo adultos que confían en la lúdica como recurso perpetuo y en el ensayo de la vida sin penalización.

Placa en el patio del castillo de Orgaz (Toledo). Memoria y homenaje al “lugar del juego” de la infancia en el pasado y en el presente. Foto: Javier Abad.

Jugar desde siempre y para siempre

El origen del juego es contemporáneo al nacimiento de la cultura humana. Así, desde tiempos muy remotos, la práctica lúdica no era solo patrimonio de la infancia, sino que constituía también una tarea cotidiana para los adultos. Por ejemplo, el juego de las canicas era practicado por el chamán de la tribu con fines adivinatorios o premonitorios y como manera de “hablar” con los dioses que le habían enseñado ese lenguaje lúdico, basado en lanzar aleatoriamente bolas de barro e interpretar sus múltiples combinaciones, para poder comunicarse sin necesidad todavía de la palabra. Desechados estos objetos para las prácticas iniciáticas o religiosas, en lugar de extinguirse cambiaron de destino y fueron acogidos finalmente por los niños que los “deseaban” pues estaban investidos de un valor para atravesar el umbral de la vida adulta y sentir ese poder otorgado.

Algo similar ocurre actualmente con las llaves de casa. Los niños pequeños solicitan constantemente este objeto a los adultos (éste y no las llaves de plástico de juguete que se les ofrece como alternativa), porque saben que es valioso y representa el poder de abrir y cerrar cualquier puerta o cajón que guarda lo deseado. Las llaves son un objeto cultural que contiene una idea y evoca no solo las acciones, sino también a las personas que las realizan y los lugares afectivos.

Foto: Javier Abad

La posibilidad de jugar permite pues confluir múltiples experiencias que son fundamentales para el desarrollo integral en los primeros años de vida de la infancia y que integran el movimiento y la dinámica, la socialización y encuentro en un interés común para establecer desde ahí las relaciones y los afectos, las emociones que movilizan los sentimientos y estados de ánimo o el pensamiento ya que jugar, en cantidad y calidad, permite explicar y comprender mejor el conocimiento y aproximación a la realidad, además de imaginar, evocar y recrear simbólicamente nuevas formas de ser y estar en este mundo común con otros. Sin “jugar” previamente todas estas acciones y simulaciones, quizás no se hubiera conseguido la sofisticación de nuestra cultura lúdica y, al mismo tiempo simbólica, pues no jugamos por ser humanos sino somos humanos por que jugamos. El juego es, por tanto, alimento y verificación de la inteligencia que no se desvela desde lo previsible de la norma sino desde la libertad de la forma lúdica en todas sus múltiples variables. Jugar es y será siempre origen y destino.

El lugar del juego en la escuela

El concepto de juego en el contexto escolar no debería estar asociado solo al sentido de establecer condiciones de espacios, tiempos, objetos, agrupaciones o adultos disponibles para jugar libremente, sino a la idea de que todo proyecto educativo estuviera alentado por una identidad lúdica que tuviera siempre presente el espíritu de la infancia, entendido éste como lo describe el filósofo francés Roger-Pol Droit en su libro “Volver a ser niño”. Droit propone mantener un equilibrio permanente entre la madurez racional, seria, lógica y realista (como la forma de ser que se espera y es propia de la edad adulta) y la incertidumbre, el riesgo, la imaginación, la creación, el aparente sinsentido, la capacidad para la emoción y el asombro, para inventar o hacerse preguntas. Es decir, rasgos muy presentes en el juego y, además, características inherentes a la infancia.

Todo ello, siendo natural al niño y la niña, no siempre encuentra su acomodo en la institución educativa que atiende más la expectativa del “planeta adulto” que la potencialidad del universo infantil. E implica la valiente decisión de cambiar la actitud y la mirada hacia el concepto de aprendizaje y las maneras de construir el conocimiento para la reflexión sobre el lugar que verdaderamente da la escuela a esas cualidades que mantienen latente el espíritu de la infancia. Y preguntarnos si somos capaces de escapar de las certezas y seguridad que ofrecen las programaciones y no dejarnos llevar por las corrientes innovadoras o metodologías de moda tan pendientes de los resultados, para buscar los auténticos sentidos que nos hablan cuando escuchamos más desde el silencio o hacemos menos afirmaciones para que surjan las preguntas más reveladoras.

La infancia desordena las seguridades del mundo adulto y, por tanto, hay que confiar en ella y atreverse a “entrar en el bosque” de su mano como propone la metáfora de los cuentos, porque los niños y las niñas son una buena compañía para recuperar o mantener, según el caso, el deseo y la necesidad de jugar.

Foto: Javier Abad

Y que nunca se nos olvide jugar (lo lúdico y lo lúcido)

Proponemos estas diez ideas como recordatorio del “proyecto lúdico” que debe atravesar el ámbito educativo y su comprensión en la vida como lugar del juego:

. El juego es una acción mediada por el placer y el deseo compartido de jugar.

. Es expresión lúdica del si-mismo y es el singular de muchos plurales.

. Permite que la infancia ensaye el ser adulto y que el adulto recupere el ser niño.

. No es lógico sino analógico y no es rutinario sino extraordinario.

. Es síntoma, extensión y evidencia de la inteligencia libre de la infancia.

. Es experiencia y expresión del imaginario, analogía y metáfora de vida.

. Es vaivén y alternancia entre la presencia y la ausencia, entre el ser y ser otros.

. El juego intensifica la vida y es un impulso de salud, bienestar y plenitud.

. No es “actividad”, sino acción que no se “arrincona” sino que se expande.

. Y, definitivamente: no se aprende jugando, sino que se juega aprendiendo.

Este artículo fue publicado en la revista Aula de Infantil, nª 111, septiembre 2021.

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